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jueves, 26 de abril de 2012

Orgullo de hija.

Durante estos días tan duros mis pensamientos sólo recaían en él. Nunca he querido hablar sobre este tema, aunque lo he sufrido mucho interiormente. Suena a que como es mi padre, lo defiendo. Y la cosa no funciona así. Por eso, he tenido ocho años para reflexionar sobre el bien y el mal, sobre las injusticias de la vida, sobre el karma. También he tenido muchos años para imaginarme todo lo que podría ocurrir, poniéndome en lo peor y siendo muy negativa. Sin embargo, nada de lo que me haya podido imaginar es comparable a todo lo que mi corazón sintió ayer en ese juzgado. Me dediqué en cuerpo y alma a transmitirle a mi padre todo mi amor, mi amor más profundo. Le mandé fuerza, valor y serenidad desde mis sueños, y me pasé todo el juicio mirándolo con esa fuerza para hacerle llegar esos sentimientos. Pero mi interior estaba roto. Desde que llegamos y me vi frente a ese juzgado algo se rompió dentro de mí. Y me di cuenta de que nadie, NADIE podría imaginarse nunca todo lo que mi alma estaba sintiendo. No solté lágrimas de miedo, de mis ojos emanaron lágrimas de dolor al ver sufrir a una de las personas que más quiero en este mundo. Mi padre, mi compañero, mi amigo, mi confidente, el otro amor de mi vida; el hombre de mis ojos. Rompí en llanto al no entender porqué una de las personas que más conozco en este planeta, un hombre justo y bueno, tenía que sentarse en un banquillo como acusado.
A lo largo de mi vida he experimentado muchas situaciones extremas de dolor, he tenido varios "peores días de mi vida" y recuerdo haber sentido mucho mucho dolor para la edad que tengo. Pero lo de ayer fue diferente. Nada se compara a lo que sentí el miércoles. Una mezcla de odio, rencor y rabia invadía mi cuerpo, y dolor, mucho dolor al ver sufrir a quien no lo merecía. Y todo aquello se incrementó al ver al tal Fernandito y a Victoriano acompañados de su abogado. Aquellas dos personas que habían denunciado a mi padre cuando la propia fiscal dijo que esa cuestión se podría haber resuelto por otras vías antes de recurrir a lo penal. Una parte de mí quiso abalanzarse sobre ellos, pero la otra pensó en mi padre, en todo lo que él me ha enseñado. Porque precisamente mi padre, es de aquellos que da todo lo que tiene, que si en su mano está el poder ayudar, lo hace, y muchas veces cuando me he sentido perdida su bondad me ha hecho ver qué camino era el correcto. Por eso mismo, jamás perdonaré todo lo que se le ha hecho, todo el dolor gratuito que se le ha administrado durante tantos años.
En cuanto al juicio, espero que se haga justicia. Lo que ocurrió en esa sala dejó en notable evidencia a los "denunciantes" quienes se contradecían mutuamente. Así pues, una vez más la envidia es la principal protagonista de este caso. Envidia y mala fe que jamás acompañarán a mi padre porque él no es así y por esa razón por mucho que otros sí la sientan hacia él, nosotros llevamos ocho años comiendo y cenando juntos, tranquilos al saber que tenemos en casa a una de las mejores personas de este mundo que lo único que hizo fue trabajar por su maldito pueblo.

miércoles, 11 de abril de 2012

Probablemente debería decir esto a la cara y en su momento, pero temo que eso influya en el mañana. Los actos definen a una persona y yo no quiero definirlo, ni que haga una cosa u otra por mi culpa. Pero he de reconocer que me duele tener una idea sobre algo y que de repente se desvanezca. También me duele que me conozca poco, tan poco como para que sean las 2 de la madrugada y él aún no se haya percatado de nada. Puestos a reconocer, en momentos como este me doy cuenta de lo niña que soy y la forma tan egoísta en que me comporto algunas veces. Pero no puedo guardarlo, y quien consiga callarse algo que le duele, adelante. Yo no puedo. Me perturba tanto que me atormenta y sólo cuando lo saco consigo respirar bien. Quizá el problema es que me he acostumbrado tanto a depender de él que parece que ahora lo necesite hasta para caminar. Pero también el problema duele más porque las sorpresas inesperadas no agradables son un asco. Y yo esto no me lo esperaba. No espero que él me entienda, ni él ni nadie. Sólo espero desahogarme y las lágrimas que resbalan por mi mejilla me indican que efectivamente lo he logrado.