Parece que llegan tiempos mejores. Parece que la brisa no trae tormenta. Sale el sol y comienzo a respirar. Los ataques de histeria y ansiedad son sólo una lejana pesadilla. Dejo de llorar por pena y comienzo a hacerlo de alegría. Había enterrado en el olvido lo que eso era. Y sonrío la mayor parte del tiempo, como antes, mucho mucho antes, solía hacerlo. Adoro mi Mediterráneo, mi terreta y mi pequeño Hondón. Me vuelvo a sentir querida en casa y considero que esto es mi hogar. Aquellos arrebatos de hacer maletas y partir se han quedado en eso; sueños con los que fantaseo pero que se quedan en mi imaginación.
Sin embargo, lo más importante de todo esto es la salud. Mi cabecita está cada vez más amueblada y ya tiene las paredes pintadas. Ahora empieza la cuesta arriba. Toca decorar todo hasta que quede perfecto. O al menos, toca intentarlo. Si tropiezo, sé que me levantaré con más fuerza.
Hace un año, llevaba a cuestas una mochila cargada de todo lo malo. A día de hoy, llevo un bolsito.

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