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martes, 16 de agosto de 2011

quema, hiere, duele.

Quema por dentro todo lo que aún tenía guardado para ti. Arden en mi interior todos los recuerdos, nuestros recuerdos. Hay una hoguera de odio dentro de mí. Odio por no poder olvidarte, odio por quererte. Voy a acabar explotando, cayendo en pedazos y cuando esté destruida no esperes nada. No va a quedar nada.
Hire tu indiferencia, tu olvido, como cien balas que se clavan en mi pecho cada instante que pienso en ti. Me rasgas el corazón y el alma con el pasar del tiempo, porque igual que pasan los minutos y las horas va pasando esto que alguna vez tuvimos y que ahora ya no existe. Ahora sólo me quedan heridas y todas ellas abiertas porque tuviste la oportunidad de curarlas, de que cicatrizasen mientras estabas a mi lado y ahora sólo quedarían pequeñas marcas que me recordarían que nuestro amor puede con todo. Pero no. Lo dejaste pasar. Me dejaste curándome sóla y aún sigo sangrando. Sin embargo, llegará el día en que esas cicatrices aparezcan y al verlas sólo recordaré que hubo un día en que nos quisimos, me quisiste, pero fue eso, pasado, y no fue suficientemente grande como para poder soportarlo todo.
Duele eso precisamente, el darme cuenta de que aquello que creía invencible, inolvidable, era sólo un sueño. Que tal amor y de semejante magnitud no existe, porque miro a mi alrededor y no tengo nada de ti. No sé nada, y quiero saber. Y encima, después de todo, sigo aquí, acordándome de ti. Pero me duele tanto...
Que por muy deprisa que corro, el dolor siempre me alcanza.

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